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Seis caras de la Culpa en el Duelo Animal
Hay una frase que escucho en versiones distintas, pero con el mismo fondo, casi cada semana: “No entiendo por qué no puedo con esto.”
A veces lo dice alguien que lleva tres meses sin dormir bien, otras veces es alguien que lleva un año (o más) y sigue igual y otras veces es alguien con duelo anticipado, su compi animal aún vive pero ya siente el peso del dolor.
La culpa en el duelo animal no tiene una sola cara ni un solo momento de aparición y depende mucho de las propias circunstancias y creencias de cada persona.
Este sentimiento puede llegar el día de la eutanasia, o meses después cuando el shock ya se ha disuelto. Existen disparadores que la encienden como una antorcha que luego no podremos apagar, preguntas como “¿y si hubiera ido antes al veterinario?” esto provoca una sensación difusa de haber fallado a alguien que dependía completamente de ti.
Lo que sí tienen en común todos los perfiles que he podido identificar es que no se van solas.
Ni con el tiempo, ni aunque el entorno cercano te diga que ya no eres culpable, ni con charlas o grupos, ni scrolleando frases en las redes, ni con vídeos en YouTube. Y esto no significa que no tengas fuerza de voluntad sino porque la culpa en el duelo animal necesita ser trabajada directamente, con método, en el lugar exacto donde está anclada. Es necesario intervenir en su raíz.
Aquí te dejo seis perfiles, quizá encuentras el tuyo…
Perfil 1 : “Yo la maté”
M. es técnica de laboratorio. Ordenada, resolutiva, acostumbrada a tomar decisiones con información en la mano. Cuando el veterinario le explicó que su perrita Noa no tenía más opciones, M. firmó la autorización de la eutanasia porque era lo que había que hacer, era lo correcto y no quería alargar el terrible sufrimiento de su pequeña.
Desde entonces y durante meses, cada noche, la misma frase llegaba a su mente: “Yo la maté.”
No importaba cuántas veces repasara la conversación con el veterinario, no importaba que en algún lugar racional supiera que Noa estaba sufriendo. Había algo que no lo aceptaba y que la hacía volver a ese instante en la clínica, a esa firma convirtiendo ese momento en una condena.
Su pareja y su familia le decían “ya pasó, no le des vueltas hiciste lo correcto“. Y mientas ellos seguían con sus vidas, ella noche tras noche, muchas veces de madrugada buscaba en internet: “culpa tras eutanasia de mi perro”, “cómo superar la muerte de mi perra”, “¿es normal no poder dormir por la muerte de mi mascota?”
M. tenía el miedo de que si dejaba de sentirse culpable, estaría admitiendo que estuvo bien lo que pasó y que si soltaba la culpa sería como absolverse injustamente de algo que merecía castigo.
Pero en el fondo deseaba poder pronunciar el nombre de Noa sin que le doliera en el pecho. Recordarla sin que lo primero que apareciera fuera ese último momento en la clínica y la vuelta a casa sola, con el collar en la mano.
En los primeros mensajes que compartimos por instagram me dijo que tenía que pensárselo por precio y que no se veía “suficientemente mal” para merecer acompañamiento. Como si hubiera un umbral de sufrimiento que todavía no había alcanzado.
M. no necesitaba que le convencieran de que hizo lo correcto, necesitaba que alguien la acompañara y le permitiera ver la historia completa, no solo el instante final. Pudo ver de dónde le venía esa creencia que hacía explotar su culpa y hacía que no se sintiera merecedora de ayuda. Supo separar el amor con el que actuó de la culpa con la que se castigó después.
Si es tu caso, esto es exactamente lo que trabajaríamos juntas.
Perfil 2 : “No lo supe ver a tiempo”
L. trabaja desde casa como diseñadora freelance. Milo, su gato, murió de forma repentina hace cinco meses, sin señales claras, un día sin esperarlo, falleció.
Se culpaba por no haber notado algo antes, por haber normalizado conductas que quizás eran síntomas, por haber pensado “si sigue igual iremos al veterinario la semana que viene“; le pesaba no haber ido esa semana.
El silencio de su casa, donde antes siempre había movimiento, era insoportable, así que empezó a trabajar con música para no percibir ese silencio.
Intentó de todo: libros de duelo, foros donde otras personas cuentan pérdidas parecidas, conversaciones con amigas que escuchan pero no entendían del todo, charlas de YouTube sobre duelo en general pero no nombran lo que ella siente exactamente… Nada la movía y seguía cada vez peor pensando que quizá era la única “me sentía mala madre, por no haber ido“.
L. tenía culpa retrospectiva, la más silenciosa y difícil de nombrar, porque no hay una decisión concreta que defender, solo la sensación de no haber prestado suficiente atención y esa sensación no tiene respuesta entre vídeos o charlas pasajeras.
Necesitaba un cierre concreto y tangible, algo que le permitiera decir, de verdad, que hizo lo que pudo y que no haber ido no formaba parte de ningún plan que buscara la muerte de Milo. Necesitaba no solo perdonarse y procesar el dolor sino poder despedirse de una manera que tuviera sentido para ella, algo familiar y sólo de ellos, porque “para mí no significa nada soltar un globo y escribir una nota, además a Milo le daban miedo los globos así que…”. L. encontró su propia manera, una que hablaba de Milo y de su vínculo.
Cuando contactó conmigo dudaba si “estaba preparada para un acompañamiento” porque había leído que el duelo podía durar un año (lo que ignoraba era que sin trabajo interno puede durar hasta décadas).
La idea de que quizá es pronto, de que quizá hay que esperar a estar en el momento adecuado para empezar a trabajar es una creencia que nos contamos para no tomar acción, pues el momento adecuado es el momento en que decidimos poner remedio a nuestro sufrimiento, hasta que no lo decidamos el momento no llegará.
Ella no sabía que no existe un único momento perfecto para empezar pues cada momento puede serlo. Ignoraba que el alivio que buscaba aparecería en la primera sesión, no al final del proceso “pensaba que no podría hablar de Milo sin derrumbarme y mira… aquí estoy, es increíble“.
El regalo personalizado con el que terminamos el programa sería exactamente el cierre tangible que necesitaba: algo hecho para ella y para Milo, algo que no existía antes y que ahora existirá para siempre.
Perfil 3 : “Si sano, le traiciono”
C. tiene tres hijos, dos humanos y otro que la acompaña en cada caminata desde hace quince años. Llevaba ocho meses con el mismo dolor, su perro Tili murió después de una enfermedad que duró varios meses. Ella estuvo presente en todo, las visitas a la clínica, la medicación, las malas noches, las remontadas, las recaídas… Cuando llegó el final, pudo estar ahí.
A pesar de sus cuidados y devoción, le costaba hablar de Tili sin romperse.
Su familia pasó página relativamente rápido. Sus hijos recordaban a Tili con mucho cariño pero sin ese peso que a ella le hundía. Su marido le decía que ya estba bien, que había que seguir. Ella empezó a disimular y a vivir su duelo clandestinamente; por dentro sentía que si ella también “pasaba página” estaría traicionando a Tili y a los quince años de amor incondicional.
Pensaba que el dolor era el último y único hilo que le unía a él.
A los tres meses pensó en invertir en un acompañamiento pero apareció la objeción del dinero… Invertir dinero en si misma era algo que casi nunca había entrado en sus planes, así que espero unos meses más, a pesar de que en realidad sabía que el dinero no era el problema.
El problema era el miedo a abrirse, el miedo a que si empezaba a trabajar esto de verdad, algo se rompería del todo y además tendría que contenerse delante de su marido para evitar que le dijera “deja de llorar, a Tili no le gustaría. Llorando te pondrás peor, hay que seguir“.
Sentir que nadie en su entorno entendía la magnitud de lo que había perdido la sumió en esa dolorosa soledad, su duelo no tenía espacio en su propia casa. “Además pensaba que Tili se pondría triste si me viera así“.
C. casi no podía creerlo cuando recuperó su bienestar poco a poco sin sentirse mal por ello, cuando pudo dormir del tirón, volver a concentrarse, a disfrutar de una tarde sin que apareciera el remordimiento de estar bien a pesar de que Tili ya no estaba físicamente. Cuando recuperó la versión de sí misma que tanto amaba, la mujer merecedora de cuidado… y cuando derivado de esto, supo pedir comprensión y sostén en el ámbito familiar.
Pudo disolver la creencia de que sanar significa olvidar, de que el vínculo con Tili solo podía mantenerse vivo a través del sufrimiento, de la culpa, de la tristeza… Regresaron las caminatas y el disfrute sin culpa ni olvido.
Ella necesitaba entender, desde dentro y no desde un argumento externo, que el vínculo con su perrihijo no se sostenía con dolor sino con todo lo que existió antes y eso es lo que pudimos trabajar desde el minuto uno.
Encontrar un espacio de contención real, de comprensión y validación que su entorno no podía darle, marcó la diferencia.
Perfil 4 :“¿Y si removerlo me causa más dolor?”
L.H. perdió a su perrito hace casi un año. Hubo una decisión veterinaria muy difícil en un momento concreto y desde entonces había una pregunta que no la dejaba descansar: “¿Hice lo correcto?”
No es que no lo supiera, el diagnóstico era claro y pidió una segunda opinión, lo veía a diario… No, no es que no lo supiera, es que necesitaba sentirlo pero no podía.
Pensó en buscar ayuda, pero un miedo la paralizaba. Ese miedo se disfrazó de excusa: “no tengo claro que merezca gastar dinero en mi misma” pero en realidad pensaba en otra cosa más profunda: “¿Y si remover esto hace que me duela más?
L.H. caminaba por la incertidumbre de si lo que sentía era proporcional a la pérdida “es que igual me duele incluso más, es que igual no he llegado al tope para entendernos“. También dudaba de si había algo roto en ella “conozco a personas que han pasado lo mismo y no están así“.
Cuando empezamos con el programa pudo ver que la decisión más dolorosa habría sido seguir como hasta entonces, cargando con ese dolor, con esas dudas, esos reproches… Y que la terapia aunque a veces pueda remover, lo hace para soltar y disolver, “lloré pero que alivio después, es que no me daba cuenta de esto que dijiste“.
No necesitaba que alguien le confirmara que hizo lo correcto, sino llegar a esa convicción por sí misma desde dentro. Destapó la voz de su culpa y pudo gestionarla sin problemas.
Me comentó su frustración porque había estado comparando su sentir con los relatos de otras personas y los recursos que encontraba sobre tristeza en la pérdida… Pero que apenas había encontrado sobre culpa y aún menos de forma directa y específica.
Lo que ella necesitó fue precisamente lo que diferencia este trabajo del resto: intervención directa sobre el sentimiento de culpa, no sólo sobre el duelo en general. Sentirse vista con exactitud, no contenida de forma genérica.
Cuando esto ocurre (y puede darse desde la primera sesión), el miedo a remover el dolor empieza a tener menos poder que el alivio de haber sido finalmente entendida y saber que el bienestar está de camino.
Perfil 5 : “Ya debería haberlo superado”
P. llevaba más de un año con dolor por la pérdida de su peque y eso es exactamente lo que la avergonzaba.
“No fue hace tres meses, ni seis. Fue hace más de un año y sigo igual o peor, porque ahora encima de todo pienso en por qué no he mejorado.” Este pensamiento se convierte en vergüenza cuando las personas de su entorno se sorprenden porque “aún lloraba o me costaba hablar del tema“.
Aquí hay que decir que el duelo no se supera, sino que se integra y que no hay un tiempo estipulado fijo, cada persona avanza a su ritmo y por supuesto, llorar pasado el tiempo no está ni prohibido, ni debería ser algo por lo que sentir vergüenza.
Hubo muchos días en los que P. no podía dormir bien, momentos en los que el bucle mental donde revivía ese último día y esas últimas horas se presentaba de repente en su mente. Intentó no pensar en ello, intentó mantenerse ocupada y convencerse de que fuera lo que fuera ya no se podía cambiar y no había que darle más vueltas.
Nada de eso funcionó.
Pensó en adoptar un nuevo peludo que barriera las penas y la mantuviera ocupada pero la sombra del miedo a volver a sufrir la frenó.
No podía despegar la sensación de que había algo raro en ella, de que las demás personas gestionan esto mejor o más rápido. Sentía desconfianza de que si le contaba a alguien cómo estaba de verdad su vergüenza aumentaría y no iban a entenderlo.
Deseaba volver a sentirse una más, a dormir, a concentrarse en el trabajo sin que se le fuera el santo al cielo. Deseaba dejar de revivir aquellos momentos terribles y poder recordar cuando paseaban por la playa en aquellas tardes. Quería recuperar la versión de sí misma que existía antes de esa pérdida, sin vergüenza, segura, sin miedo al qué dirán.
Pero creer que nadie la entendería de verdad evitaba que pidiera ayuda profesional.
Lo que P. ignoraba es que llevar más de un año así no significaba que estuviera rota sino que lo que estaba cargando no se puede llevar sola de forma indefinida. El tiempo no cierra esto por sí mismo. Trabajarlo directamente, sí. “Me emocioné hablando de Dorian pero era de gratitud y no me dio vergüenza, sino orgullo“.
Perfil 6: “Todavía no ha pasado, pero ya tengo pánico.”
La peludina de S. está enferma y es senior. Pensar en lo que puede pasar le causa ansiedad y miedo, obligándola a estar pendiente de su pequeña constantemente, en vilo incluso por las noches. Visita foros y webs con información veterinaria por si pudiera hacer aún más de lo que hace. Busca la medicina que obrará el milagro, el tratamiento que solucionará todo… se lo comenta a su veterinaria con la esperanza de recibir un “esto podría funcionar“.
Procura no salir de casa, ni hacer planes o volver lo antes posible “por si acaso“, se despierta por las noches y revisa que todo esté bien, que ella siga ahí…
No ha hablado de esto con casi nadie porque le parece raro sentir duelo por algo que todavía no ha ocurrido, pero lo siente y teme la llegada de ese momento y sobre todo, miedo a equivocarse.
Miedo a tomar la decisión incorrecta en el momento en que haya que tomarla, miedo a vivir luego con culpa por no haber hecho más… Realmente no sabe cómo salir de ahí y aunque no le duele cuidar hasta el extremo a su pequeña quisiera poder disfrutar con calma del tiempo que les quede juntas. “Si me quedo con ella, cuidándola, que lo hago de mil amores lo que quiero es no trasladarle mi angustia y mi tensión, estoy tensa todo el día y he tenido que ir al fisio“.
Le duele la anticipación porque siente que ha empezado a doler antes de tiempo y esto evita compartir con amor los últimos días con su peque, siente rabia porque el duelo ya ha empezado aunque el final todavía no haya llegado “Voy a sufrir el doble y ella nota mis nervios ¿qué hago con esto?“
Mi respuesta fue: “prepararte”.
Porque llegar a ese momento con más recursos marca la diferencia y nos prepara. Ayuda a vivir con más serenidad el tiempo compartido y también la despedida, en lugar de tener que buscar información en Google a las tres de la madrugada cuando ya no haya tiempo.
¿Por qué evitamos tratar el duelo anticipado? Por un lado está la negación parcial, el “todavía no ha pasado”que nos da una falsa sensación de tiempo infinito o control y por otro lado tenemos el miedo supersticioso y casi irracional, de que hablar de esto en voz alta, o siquiera pensar en ello podría atraer o invocar lo que no queremos que ocurra o incluso creer erróneamente que tratar el duelo anticipado significa cuidar menos a nuestro peludín, no sentir dolor o ser indiferente a la pérdida.
El duelo anticipado es uno de los ángulos menos atendidos y sin embargo, trabajarlo permite construir herramientas reales, despedidas conscientes y un marco que reducirá significativamente la culpa posterior.
S. no está siendo dramática, está siendo sabia ya que no sólo mejorará su estado antes de la despedida, algo que beneficiará también a su peque, sino que también puede ayudarla después.
¿Qué tienen en común todos estos casos?
Situaciones distintas, edades distintas, países diferentes e incluso distintos tipos de culpa, pero hay seis puntos que unen a todas estas personas:
1º: Todas amaban a sus peludines profundamente, se sentían más que responsables, eran sus perrihijos y gatihijos… y éstos dejaron una huella inmensa y profunda en sus vidas.
2º: Ninguna sanó su herida sola. No por falta de intención ni de fuerza, sino porque la culpa en el duelo animal no es un problema de actitud ni de tiempo. Es un patrón que necesita ser trabajado de forma directa, con método específico.
3º: Buscaron en los sitios habituales y no avanzaron ni encontraron el cambio, porque lo que necesitaban no era información sobre el duelo en general, ni validación genérica, ni que les dijeran que su dolor era legítimo, necesitaban intervención directa sobre la culpa.
4º: Buscaron excusas o creyeron en un miedo concreto y esto las frenaba. Para algunas fue el precio, otras indicaron no estar en el momento adecuado “no me siento preparada“, otras tenían miedo “y si al removerlo me duele“, y otras sentían vergüenza de llevar demasiado tiempo así, sin buscar ayuda profesional y cargando con el dolor en silencio. Ninguna de esas objeciones desapareció por arte de magia, tuvieron que dar el paso, cruzaron las puertas de la primera sesión y lo vieron claro: necesitaban ayuda.
5º: Todas querían exactamente lo mismo, aunque lo expresaran de formas distintas: recordar sin romperse, dejar de castigarse, volver a ser ellas mismas, recuperar el vínculo sin que causara dolor y sí, disolver la culpa.
6º: Todas lograron su objetivo, transitaron su proceso a su ritmo, reconectaron con el legado de sus peques y sanaron sin olvidar, soltando el peso del dolor y de la culpa.
Sobre De Huella a Estrella:
El programa De Huella a Estrella está diseñado para trabajar exactamente lo que aparece en estos seis perfiles y en otros más donde la culpa es el obstáculo central que evita el avance del duelo animal. Utilizo un método propio que combina terapia emocional, narrativa y ritual en seis encuentros individuales, sin intermediarios y desde la comodidad de tu casa.
No es un acompañamiento genérico, aparte de acompañarte en tu duelo animal, existe una intervención directa sobre la culpa por ser el aspecto del duelo animal más frecuente, más paralizante y menos atendido de forma específica.
Si te has reconocido en alguno de estos perfiles, da el primer paso.
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Te envío un gran abrazo,
Zara Avis | Duelo Animal | Especialista en Culpa
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Cartas desde Sirio
Método Cartas desde Sirio ®, el único enfoque integral de acompañamiento en el Duelo Animal y resolución de culpa traumática que combina terapia, rituales, meditación guiada y narrativa sanadora, creado por Zara Avis, experta en duelo animal y especialista en culpa.
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