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¿Por qué el Duelo Animal
es un viaje?
Perder a tu peludín no es solo una despedida, es el inicio de un camino, uno que sin duda, no pediste recorrer, pero en el que de pronto te encuentras inevitablemente.
El duelo animal no es un proceso vacío, ni es un punto final, puede ser un viaje profundo y transformador.
Y como todo viaje tiene sus etapas, sus paisajes, paradas, niebla, atajos que no llevan a ningún lado… caminos confusos otros que parecen interminables, pero que te devuelven a ti misma y al vínculo con tu peludín. En el momento en el que su Huella se convierte en Estrella guía, vuestro vínculo se ensancha y su legado y enseñanzas llegan a ti como nunca antes.
Pero antes de llegar a ese destino, a la sanación y aceptación veamos las etapas con las que te puedes encontrar en este viaje tan desafiante:
1-El pantano de la niebla: LA NEGACIÓN
Al comienzo del viaje del duelo, todo parece irreal, como si fuera una película. Como si no hubiera ocurrido de verdad. Como si en cualquier momento fueras a escuchar el sonido de sus patitas, ver su mirada de nuevo o a notar su peso en la cama. Estás entrando en el pantano de la negación.
Es un lugar húmedo, espeso… cubierto por una niebla que confunde los sentidos. Sabes lo que ha pasado, pero al mismo tiempo tu alma se resiste a aceptarlo. Porque aceptarlo significaría asumir el vacío, la ausencia, lo irreversible. Y eso… duele demasiado.
Aquí es donde muchas personas se quedan inmóviles. No lloran. No hablan. Siguen casi mecánicamente con su día a día, como si nada hubiera ocurrido, en estado de shock, pero por dentro, en el fondo sienten que todo se ha roto. La negación no es olvido, ni indiferencia, ni frialdad, es un mecanismo de protección, una pausa necesaria, una pequeña anestesia que el cerebro nos aporta para que podamos asumir el golpe tan duro que acabamos de sufrir.
En esta etapa, la niebla no te deja ver el camino. Te hace creer que si no piensas en ello, si no lo nombras, el dolor desaparecerá pero lo cierto es que lo no expresado se queda dentro y pesará aún más en el futuro.
La niebla del pantano te protege al inicio, pero este lugar no está hecho para quedarse a vivir allí, es necesario salir para avanzar aunque salir duele porque comenzamos a asumir lo ocurrido. Requiere un acto de amor profundo: atreverte a mirar lo que hay, incluso con miedo y con toda la tristeza… pero también con toda la verdad.
Y cuando lo haces, la niebla comienza a disiparse. La claridad suele llegar en forma de lágrimas al tratar de decir su nombre en voz alta, aunque se te quiebre la voz.
2-La montaña escarpada: LA RABIA
Puede que en tu camino te encuentres con una montaña de aristas afiladas y cumbre borrascosa. A medida que asciendes, la rabia sube por tu cuerpo como una tormenta eléctrica: rabia por lo que pasó, por cómo fue, por lo que no entendiste, por los que no te comprendieron, por aquella clínica veterinaria, por aquel cuidador… Es una subida dura y parece que no se acabe nunca, pero en lugar de causarte desanimo, parece generar más desasosiego, como una bola de energía que crece sin control en tu interior, se forja la ira.
Cuando coronas su cima solo queda descender de nuevo, rápida o lentamente dejando atrás todos esos guijarros afilados que te dañaban profundamente. Sé que cuesta pero las botas del perdón pueden ayudarte solo si quieres.
La rabia se quedará atrás, en esas aristas afiladas y cortantes, entenderás que son así, porque bajo ellas vive un amor que ha sido herido y solo trataba de defenderse.
3-El laberinto: LA NEGOCIACIÓN
En esta etapa cruzas un laberinto de negociaciones: “Si hubiera hecho esto antes”, “si le hubiese llevado antes al veterinario”, “si no le hubiera dejado solo…”. Este laberinto es como un bosque denso, enredado, donde cada pensamiento gira en círculos y lo único que quieres es dar marcha atrás en el tiempo para tratar de arreglar lo que ahora sabes y que no supiste en el momento, tratar de evitar su final, porque ahora estás segura de cómo lo hubieras podido hacer…
Estos pensamientos, estos bucles mentales, estos “y si…” te cuelgan el cartel de “culpable” y te llevan directamente a una laguna, cuyas aguas pueden aguijonearte el corazón incluso pasado el duelo, se trata de:
La laguna profunda de la CULPA:
Esta no es una etapa en sí, pero sí un sentimiento que aflora antes o después en el proceso del duelo animal, lo más habitual es que surja con la negociación aunque podría aparecer en otras fases.
La culpa es una piedra a la que te te agarras con todas tus fuerzas y con la que te hundes cada vez más profundamente. Y bajo el agua, todo se vuelve más lento.
Te preguntas si hiciste lo suficiente, si te equivocaste, si podrías haberle evitado sufrimiento, si era el momento de la eutanasia o no… La culpa puede ser sutil al principio, pero pronto descubrirás que es pegajosa y se cala hasta en los huesos.
Si aprendes a gestionar esta culpa, a descubrir su origen… podrás disolver esa piedra tan pesada que te lleva al fondo de la laguna. Aprenderás a mirarla sin juzgarte, aprendiendo lo que te señala. Podrás atravesar las aguas nadando, renovada hasta la orilla y salir por fin limpia de culpa.
4-La llanura yerma: LA TRISTEZA
Aunque su influjo afecta a lo largo de todo el viaje es en la etapa final donde recorreremos esta llanura silenciosa a fondo. Aquí los pasos se hacen lentos, nada motiva… y esto sucede para darnos tiempo a asumir todo lo sucedido y adaptarnos a la nueva situación. Todo es tan lento, tan gris, que a veces te preguntas si vas a salir alguna vez de esa llanura, si lo vas a lograr…
Pero sí lo lograrás, aunque no lo parezca, estás cerca de la última etapa. Aquí aunque cueste, toca soltar el sufrimiento para esquivar daños mayores (depresión profunda, ansiedad…) y empezar a valorar con gratitud, todo lo que te aportó tu peque, su legado, su voz… permitir la primera chispa de una estrella guía en tu corazón. Tener los recursos y herramientas adecuados te ayudarán inmensamente en esta etapa.
5- Los campos soleados: LA ACEPTACIÓN
Aquí no se llega corriendo, ni hay un salto abrupto en el paisaje. Lo que notarás es que en la desértica llanura anterior empiezan a brotar briznas de hierba, flores… y que a medida que avanzas crecen con más vigor y en mayor cantidad. La aceptación no es olvidar, es integrar. Llegará un día, sin darte cuenta, en el que estarás caminando por un paisaje diferente: verde, cálido, soleado. Tu peludín no está físicamente pero de alguna manera te acompaña de otra forma: en su legado, en tus recuerdos, en tus elecciones, en cómo amas ahora, lo sientes cerca cada vez que le honras…
La aceptación no borra el amor, lo transforma. Es ese lugar en el que puedes recordar sin romperte por dentro, donde su nombre ya no duele, sino que te acaricia a veces con nostalgia. Donde lo honras con gratitud por vuestro tiempo juntos, ese tesoro que perdurará siempre y que te guiará en cada momento si decides escucharlo.
SANAR es el destino.
Para llegar no se puede evitar este viaje, ni se puede usar atajos. Se trata de transitar con conciencia, con amor y con verdad. En Cartas desde Sirio, te acompaño en ese viaje tan desafiante con los mapas adecuados y la brújula lista.
No necesitas más que sinceridad y compromiso en tu mochila. El resto te lo doy yo: ejercicios, escucha activa, guía, asistencia… y una mano que no te suelta..
Si estás perdida en el bosque, atascada en la montaña, atrapada en la laguna o detenida en la llanura… no estás sola.
Y tú puedes hacerlo. Paso a paso.
Yo te acompaño.
El vínculo con tu peque fue sagrado, mereces que el camino al bienestar también lo sea.
Sanar es el mayor acto de amor que puedes ofrecerte y ofrecerle, porque cuando tú sanas, su legado vive en ti transformando ausencia en presencia.
Espero que esta información te haya ayudado. Escríbeme ante cualquier duda a zara@cartasdesdesirio.com y comparte este artículo con quien creas que pueda necesitarlo.
Si conoces a alguien que esté pasando por el duelo animal, ¡compártelo! Juntos, podemos crear una red de apoyo y comprensión en estos momentos tan difíciles.
Te envío un gran abrazo,
Zara Avis
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